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22 agosto

el fuego, una vez más

"A lo largo de día erigieron un muro con centenares de miles de manuscritos. La sabiduría colectiva de toda la península yacía en el antiguo mercado de seda, junto a Bab al-Rambla. Era un pueblo famoso por su mentalidad independiente, su agudo ingenio y su resistncia a reconocer la autoridad de sus superiores. Estos eran la ciudad y el sitio precisos que Cisneros había elegido para su exhibición de fuegos artificiales.
Los soldados que habían estado construyendo el muro de libros desde el amanecer rehuían las miradas de los granadinos. Algunos espectadores estaban apesumbrados, otros coléricos, con las caras llenas de furia y despecho. Uno de ellos, un viejo, repetía una y otra vez la única frase que era capaz de articular ante semejante calamidad:
   - Nos hundimos en un mar de indefensión.
Cisneros miró fijamente al soldado apostado ante la ventana y le hizo un gesto de asentimiento. La señal pasó a los portadores de las antorchas y se encendió el fuego. Durante medio segundo reinó un silencio absoluto.
Luego, un lamento descomunal desgarró la noche de diciembre. El fuego se elevaba cada vez más alto; era como si las estrellas lloraran su dolor con una lluvia de ceniza.
 
La plaza está en silencio. Aquí y allí todavía husmean viejas fogatas. Cisneros camina entre las cenizas con una sonrisa maligna en la cara, mientras planea el paso siguiente. Piensa en voz alta:
   - Cualquier venganza que conciban, empujados por su dolor, será inútil. Hemos ganado. La de esta noche ha sido nuestra auténtica victoria.
Patea una pila de pergaminos chamuscados hasta reducirlos a cenizas. Sobre las brasas de una tragecia acecha furtivamente la sombre de otra."
 
Tariq Ali, "A la sombra del granado."